Febrero 2026 – Jada Sirkin

Siempre me conmueve ver al duro que se ablanda. Si bien hay algo de facilismo en el recurso narrativo de desarmar al personaje atorado en una identidad, lo cierto es que me sigue conmoviendo. Me conmueve vislumbrar la fragilidad que motiva a una persona, en general inconscientemente, a protegerse—el terror que nos lleva a acomodarnos en formas que garantizan control y seguridad.
La construcción del conflicto
Los dos protagonistas de Heated rivalry (Hacob Tierney, 2025) tienen su dureza, pero claramente, el más duro es Ilya (Connor Storrie). ¿Por qué es tan duro? La serie nos lo va explicando, casi como si necesitara justificar la aspereza de Ilya, como si el espectador no pudiera tolerar que alguien sea duro sin un pasado traumático. A Ilya le pasaron, y le pasan, muchas cosas que explican por qué él armó esa pose defensiva.
Ni hablar de que Ilya y Shane (Hudson Williams) son jugadores de hockey y, en el mundo del deporte, ser gay no es una opción muy tentadora. Hace pocos días (escribo esto el 14 de febrero de 2026), un árbitro de fútbol pidió matrimonio a su novio, en la cancha, frente a miles de personas, y la celebración se transformó, unas horas después, en golpiza. Si bien los relatos de salida del closet ya parecían trillados, parecen no serlo tanto en este contexto. La salida de Scott Hunter (François Arnaud) es conmovedora e importante, así como son conmovedoras e importantes las escenas de las varias mujeres que declaran su apoyo incondicional a estos hombres en problemas.
—Perdón por hacerte sentir que no me podías contar.
El hecho de que los amantes sean no solo rivales, sino los máximos rivales, puede ser un recurso fácil, pero a la vez poderoso. Enemies to lovers (enemigos a amantes) es una expresión usada para estas narraciones populares: parece que nos gusta ver cómo los enemigos se vuelven amantes. “Un único amor nacido de un único odio”, decían en Romeo y Julieta. Si bien Ilya y Shane son los héroes de una rivalidad que acalora al público deportivo, la rivalidad dentro del deporte mismo no está tan explorada—no es el foco de la serie (de hecho, se ve bastante poco de los partidos). Lo de que sean rivales es, sobre todo, lo que les impide confesar al mundo que están juntos—ni hablar de que Ilya, según dice, no podría volver, si el mundo se enterara de que es gay, a ese supuesto infierno homofóbico llamado Rusia.
Los únicos signos de que Rusia es peligrosa para los gays son discursivos: dos “fagot” que el hermano le arroja a Ilya, el comentario de uno de los jugadores cuando toman café, que dice que Rusia no es un lugar seguro para los homosexuales, el momento por el final en que Ilya dice que no podría volver a casa si saliera del closet, y después, cuando dice que odia Rusia y no quiere volver nunca más. Es decir, son todos momentos discursivos, no vemos nada en el plano de la acción que nos muestre que Rusia es realmente un campo minado para los gays. Más allá de si lo es o no en la vida real (concretamente, Rusia tiene leyes que prohíben la expresión LGBT), la pregunta es por qué la narración elige simplificar el mapa moral del mundo, como si Rusia fuera puro odio y como si en Canadá no hubiera ningún problema. Intencional o inconscientemente, quién sabe, Rusia vuelve a ser pintada, por los norteamericanos, como un infierno—la vieja polarización. ¿Es un cliché narrativo? ¿Es funcional al drama? ¿Es propaganda cultural inconsciente?

Como sea, tal vez lo más interesante no esté en el conflicto externo (Rusia, el mundo del deporte, los padres) sino en la interiorización del conflicto. En Shane, su propia homofobia parece completamente internalizada; no hay nada en su mundo, al menos no que se nos muestre (en un nivel, en una narración, lo que no se narra ni sugiere no existe), que indique que salir del closet podría representar para él un peligro. Pero está claro que ellos dos representan, para la sociedad, a los rivales del deporte, y, por un problema de identidad y de proyecciones colectivas, no pueden mostrarse al mundo como amantes. Parte de la riqueza de la narración surge de la chispa entre ese antagonismo performático en el afuera y la intimidad sexual en el puertas adentro.

Antagonismo e intimidad
Lo más interesante es cómo la rivalidad opera en la intimidad que se va desplegando entre Ilya y Shane a lo largo de los años. Cómo se van enterando de lo que les pasa, cómo dejan de llamarse por el apellido. Es cierto que la serie se aprovecha de la tensión sexual y el suspenso que nos genera el deseo de que se encuentren; pero el recurso narrativo también nos permite explorar los modos trabados y torpes (dolorosos) con que los seres humanos vamos intentando acercarnos.
La estructura conflictiva sobre la que se apoya la narración está en el antagonismo evidente entre un amor que quiere ser y un contexto que no parece darle lugar—y digo parece, porque en el fondo no sabemos qué diría (o qué dirá) el contexto, en el caso de que ellos salieran del closet. Por lo menos quienes no leímos los libros no tenemos idea y, por lo pronto, ese antagonismo está interiorizado. Ellos saben que no se puede. El melodrama se apoya muchas veces en la contradicción entre el deseo personal y el deber social, el amor prohibido—ver Solo el cielo lo sabe de Douglas Sirk y La angustia corroe el alma de R.W. Fassbinder.
En el deporte, el antagonismo es regla. Uno gana si el otro pierde, y el otro existe como obstáculo. Cuando esa lógica entra en la intimidad, por un lado se erotiza la fricción, y por el otro, el antagonismo se vuelve una forma de evitar la vulnerabilidad directa. La forma peleona de relacionarse a la vez les permite acercarse y mantener una distancia emocional. El sexo llega veloz, pero no así el te amo.

En Heated Rivalry, el antagonismo no desaparece cuando están solos; más bien, se transforma en provocación, ironía, desafíos e insultos juguetones. Ilya provoca para no exponerse. Shane responde con ese “andate a cagar” repetido que, más que cortar el vínculo, lo mantiene vibrando. ¿Se desean porque son rivales, o son rivales porque no saben desear de otro modo?
El deporte profesional instala una ética de la competencia y esa ética contamina el encuentro íntimo. Los hombres, ¿pueden amar sin competir? ¿Pueden dejar de necesitar, para sentirse vivos, que el otro los mire como adversario? ¿Por qué nos erotiza tanto el conflicto?
El choque funciona como combustible narrativo, los personajes se encienden tanto como el espectador. El juego de la pelea y las dinámicas de poder y seducción son las primeras herramientas de acercamiento que estos deportistas encuentran; pero tal vez lo más interesante esté en cómo esa dinámica se va agotando. El contraste entre el personaje dulce y el personaje áspero tal vez sea un recurso fácil, pero a la vez funciona, y permite que esa lógica de identidades de trazo grueso se vaya refinando, borroneando, complejizando.
Si en el deporte el antagonismo ordena la distancia, en la intimidad la distancia se vuelve combustible del deseo. Al enemigo es a quien le prestamos más atención, pero dar atención es amar. Tal vez lo más rico de la serie sea el proceso sutil por el cual los antagonistas van dejando de jugar al conflicto, dejando la ironía de lado, animándose a la seriedad del amor. Los que se pelean se aman.

La actuación
Lo que más me tocó de la serie fue la actuación de Connor Storrie. En su cuerpo, en su voz, en su mirada, se despliegan transformaciones expresivas y emocionales sutiles. Una sensibilidad humana frágil arrojada al campo de juego de los machos. Cuando alguien actúa tan bien, la historia casi deja de importar. Cuando la actuación desborda el relato, el personaje se revela como un mero campo de posibilidades para el juego expresivo del actor. Cuando estamos tan presentes no importa tanto qué nos pasa.
Para conocer de mis cursos de cine CLICK AQUI
Si el artículo te interesó, por favor compártelo y considera DONAR AQUÍ para que podamos seguir investigando.
Muchas gracias!
¿Ya conoces el libro El espectador inquieto?
¿Y el podcast?



