Unas notas sobre Pluribus y la toma de partido

Febrero 2026 – Jada Sirkin

Rhea Seehorn (Carol)

Me crucé con varios comentarios de personas que tomaron partido por la defensa de la individualidad, claramente activadas por una lectura polarizada de esta mente de colmena que quiere contagiar a Carol. 

En la serie, una suerte de virus contagia a casi toda la humanidad y los individuos quedan entrelazados mental y emocionalmente, conectados en una suerte de telepatía perfecta, una mente de colmena. Carol es una de las 13 personas que, por una razón misteriosa (digamos, una necesidad narrativa, sin la cual la serie no podría existir), no es contagiada. En el contraste entre esa nueva humanidad biológicamente colectivizada y la sensibilidad individual de la protagonista se despliega la magia de esta curiosa serie—digo individual por no decir individualista: no por nada Carol es una escritora bastante cínica, preocupada por su éxito, que cambia los libros de lugar en una librería para estar en primer puesto.

Si bien estoy de acuerdo con la idea de que, para comunicarnos de maneras más creativas y pacíficas, los seres humanos no necesitamos eliminar la individualidad—hablar al unísono—, también me parece que la serie problematiza la polarización individuo-colectivo y deja espacio para una ambivalencia que, al ser eliminada por el espectador polarizado, no puede ser investigada. Me parece que no querer explorar esa ambivalencia es despreciar la invitación más importante que nos hace la serie.

Karolina Wydra

Si bien la individualidad es casi completamente desplazada (los contagiados hablan de “nosotros” y no de “yo”), no lo es del todo: estos humanos de la serie todavía tienen la capacidad de pensarse individualmente, los yoes no fueron totalmente borrados por el colectivo—eso, pienso, permite cierto espacio de juego y complejidad. 

Carol, en principio una defensora iracunda de su individualidad, va reconociendo, con el paso de los episodios, que la cosa no es tan simple. A lo que voy es simple: siendo que una experiencia ficcional nos permite no estar en riesgo de vida, ¿por qué elegimos tomar partido? Tomar partido ¿no es una tecnología de supervivencia? ¿Por qué tomamos partido viendo una serie?

Si como espectadores (por definición) nuestra supervivencia no está en juego, ¿por qué nos defendemos? 

¿Por qué el espectador, si no está en riesgo, necesita posicionarse?

La respuesta tal vez sea ésta: aunque una experiencia ficcional no ponga en riesgo nuestra vida, puede poner en riesgo nuestro mapa de identificaciones psíquicas. Un relato en la pantalla puede hacer tambalear nuestras creencias, nuestras ideas sobre el mundo, nuestra metafísica. 

La serie tiene la sensibilidad suficiente como para no decirnos qué pensar; si la observamos con atención (es decir, con el sistema nervioso tranquilo), podemos ver que la propuesta estética nos da espacio al menos para no defendernos y, así, poder hacernos algunas preguntas. 

No se trata de no sacar conclusiones, sino de observar si las conclusiones son gestos reactivos en los que nos reconocemos (la experiencia no nos modifica en absoluto), o si surgen de atravesar el pantano de preguntas transformadoras en el que la serie nos invita a sumergirnos.

Más allá de lo que pase en la temporada 2, la 1 nos permite, como le permite a Carol, al menos por un rato, dudar. Hay algo que tampoco está tan mal en esa mente colectiva. Hay algo que no está tan mal.

Si ante una experiencia ficcional, como espectadores, tomamos partido, es importante—digo, responsable—hacernos estas dos preguntas: 1. ¿Qué de la propuesta narrativa nos invita, o fuerza, a tomar partido? 2. ¿Qué de nuestros hábitos perceptivos y sensibles nos lleva a la toma de posición? 

Después de respondidas, al menos tentativamente, esas dos preguntas, cabe, para ser todavía más responsables, y más humanos, hacernos esta otra: ¿Podemos (puedo) tomar cierta distancia, no definitiva sino experimental, de esa necesidad supuesta de tomar partido, y ver qué posibilidades sensibles y perceptivas se abren al hacer la prueba?

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